lunes, 28 de diciembre de 2020

 LA  INMIGRACIÓN CHINA EN EL PERÚ (1850 - 1890)


Autor: Ricardo La Torre Silva


   

INTRODUCCIÓN

En 1849 se inició la llegada de los culíes chinos, originada por la escasez de mano de obra en la agricultura debido a la abolición de la esclavitud por el Presidente Ramón Castilla. El destino no fue exclusivamente agrícola, en los primeros años se les destinó tanto a la agri­cultura como al trabajo en las islas guaneras y en la servi­dumbre urbana.

En este comercio o trata de semi-esclavos participaron y se enriquecieron hacendados, po­líticos y comerciantes. Este tipo de comercio fue una de las formas de acumulación de ca­pitales en el siglo pasado.

Los gobiernos que se sucedieron en la segunda mitad del siglo pasado dieron apoyo, tanto al tráfico como al silenciamiento, al duro trato que los hacenda­dos infligieron a los culíes.

Mediante ley de 1849. lla­mada "Ley China", se permitió el ingreso masivo de los trabaja­dores chinos. En octubre de 1849 acoderó en el puerto del Callao la barca danesa "Frederick Wilhem" trasladando a los primeros 75 culíes chinos al Perú. Entre los años 1849 a 1880 el lucrativo negocio de importar trabajadores desde China Imperial trajo entre 90 y 100 mil chinos al puerto del Callao y a otros puertos pe­ruanos. La durísima travesía demoraba cerca de 120 días en realizarse.

Para hacer posible el traslado de toda esta población hubo un engaño legal que consistía en hacer firmar en la misma China un contrato a los incautos "co­lonos". Los contratos se firma­ban en condiciones de presión por deudas y, de manera gene­ral, en circunstancias de an­gustia individual de todo tipo. El Estado peruano otorgó a par­ticulares la facultad de importar esta mano de obra por interme­dio de concesiones mediante la suscripción de contratos.

De 1849 a 1854 llegaron al Perú 4.754 chinos según datos de Castro Mendoza (1). Cuando los barcos llegaban a los puer­tos, los contratos de los chinos eran traspasados a sus patro­nes, que generalmente era ha­cendados.

En 1851 los efectos en la agricultura se dejaron sentir con una mayor productividad lo que originó que cerca de 98 empre­sarios se dedicaran a este ne­gocio. Esta nueva dinámica agrícola, gracias a la presencia china, favoreció en los primeros años solamente a un sector minoritario de los hacendados costeños.

 

EL CONTRATO

       La contratación era la forma jurídica legal para obtener y utilizar la fuerza de trabajo de un culí. Consistía en un papel, por lo general impreso, donde se precisaba los términos que se comprometían a cumplir tanto el chino como el contratista. Mediante esta forma jurídica el chino aceptaba, con su firma, trasladarse a otro país. Con evidentes engaños y por nece­sidad, el culí daba su firma en China al contratista o a uno de sus empleados y al momento de hacerlo recibía un dinero de adelanto. Con esta aceptación lo trasladaban al Perú donde de­bía trabajar para el propietario de una hacienda u otro esta­blecimiento en las condiciones precisadas dentro de las cláu­sulas del contrato.

Sin la legalidad de los con­tratos hubiese sido dificil el tráfico de miles de culíes, pues no hubiera habido el consenti­miento de los estados compro­metidos en esta trata (Perú, Portugal, Inglaterra y China).

La forma jurídica empleada fue la del colono dentro del marco de la inmigración china para el Perú. Estaba vigente en 1852 el Código Civil que, en el Libro Primero, Título Quinto, establecía: "Nadie nace esclavo en el Perú"; y, el esclavo que venía del exterior, era libre desde que pisaba el territorio de la República conforme al artículo 17 de la Constitución Política del Estado de 1860 Título 4º, Garantías Individuales que es­tablecía: "No hay ni puede haber esclavos en la República".

Sin embargo, el trato que se les dio fue la de verdaderos esclavos. Las leyes peruanas sobre los extranjeros no les fue aplicada. El Código Civil, en el Art. 33, normaba que: "Los ex­tranjeros gozan en el Perú de todos los derechos concernien­tes a la seguridad de su persona y de sus bienes, y a la libre administración de éstos". Lo que sí se les aplicó fue el Art. 37 del mismo cuerpo legal: "El ex­tranjero que se halla en el Perú, aunque no sea domiciliado, puede ser obligado al cumpli­miento de los contratos cele­brados con peruano, aún en país extranjero, sobre objetos que no estén prohibidos...".

Conviene examinar las con­diciones del contrato pues de su cumplimiento o incumplimiento dependía la normal asistencia y dedicación en el trabajo y, en buena cuenta, la estabilidad y armonía en las haciendas. El culí recibía su remuneración de tres maneras diferentes: pago en dinero, pago en especies (ali­mentos y vestimenta), pago en servicios (medicina y vivienda). También la obligación de recibir alimentos, vestimenta y atención médica. Todo ésto en conjunto era el pago que recibía el chino. A cambio de eso el culí debía ponerse bajo las órdenes del empresario para entrar a tra­bajar en clase de cultivador, hortelano, pastor, criado o tra­bajador en general por espacio de ocho año contados desde el día en que entraba a servir. Durante dicho período: " ... arará los campos, desmontará terre­nos. cuidará ganados, atenderá las huertas y hará cualquier otra clase de trabajo, cuando para ello sea requerido, además debe aportar su conocimiento mecánico y artesano que pudiera conocer, además de trabajar las Islas Guaneras".

A diferencia de los tiempos coloniales, los hacendados no procuraron el control de la masa de chinos instruyéndolos en la religión católica. Les permitie­ron que continuaran con sus prácticas religiosas facilitando el uso de locales donde los culíes colocaban imágenes de sus san­tos. Los hacendados tuvieron como base para sus exigencias el contrato que los culíes "por voluntad propia" habían firma­do en China y en el cual se precisaba las obligaciones de ambas partes. A pesar que el contrato quedaba en manos del hacendado, en algunos casos registrados legalmente no era desconocidos por los culíes.

Los culíes se defendieron del abuso, sobre todo tomaban nota de la fecha en la que habían ingresado al trabajo. Desconocer o no re­cordar esta fecha era perder la posibilidad de salir definitiva­mente de la hacienda. Ciertos procedimientos y tratos utiliza­dos no estaban escritos pero sirvieron para regir la vida co­tidiana de la gente. No estaba escrito, por ejemplo, aplicar castigos físicos. Sin embargo los hacendados lo hicieron con mucha frecuencia y severidad. Lo hacían porque esa era la norma usual para controlar a los trabajadores de sus hacien­das.

Los castigos corporales se aplicaron a los chinos coti­dianamente en las propiedades agrícolas y también fuera de ellas. En esos años, cuando hubo reclamos por estos castigos, preferentemente en casos fla­grantes que produjeron escán­dalos públicos, los gobiernos y periódicos de entonces trataron de ocultarlos, utilizando proce­dimiento judiciales como testi­gos que dieran constancia de falsos hechos. También era co­tidiano los castigos más sofisticados como el cepo, la barra, los azotes, la cárcel, el diario encierro en los galpones y, en casos extremos, las eje­cuciones.

La presencia del Estado era muy débil. Se quedaba en las puertas de las haciendas y si las tocaba era para pedir a los hacendados sus "contribucio­nes".

La semiesclavitud asiática había logrado que hubiera en las haciendas un cierto equili­brio social que se manifestaba de diferentes maneras. Frente a los abusos excesivos se generaba una respuesta violenta a la que temían los hacendados. Por eso era normal que cualquier ha­cienda tuviera una buena can­tidad de armas.


LOS CHINOS EN LAS ISLAS GUANERAS

Desde que fue descubierto el guano como abono, en la década de 1840‑50, la explotación fue incrementándose año tras año. Recién en 1853 el Gobierno peruano tuvo un estudio de su contenido y planos elaborados por Raimondi para su mejor conocimiento.

La explotación del guano estaba en manos de consig­natarios, quienes utilizaron la mano de obra china, polinésica y negra para la exportación. Las peores condiciones de trabajo que encontraron los chinos fue en las islas guaneras. Por este motivo, cuando apenas se ini­ciaba la trata amarilla a Perú, se prohibió, así se precisaba en los contratos, que los culíes fuesen a trabajar a las islas. Pero, como el cumplimiento de las prohibi­ciones estaba condicionado a las "necesidades nacionales", los chinos trabajaron siempre en las islas y lo hicieron junto a presidiarios, a negros manu­misos o libres y a los canacas (nativos de Oceanía).

El "Illustrated Times" de Londres, el 5 de marzo de 1859 nos narra lo siguiente:

" ... Quien escribe esta crónica visitó hace poco tiempo las Islas Chinas. El trabajo de excavación de guano lo hacían los chinos y había entre 250 a 300 embar­caciones cargando. Algunos han dicho que habría guano sólo para ocho o diez años si se hacían extracciones en tal cantidad como se estaba efec­tuando entonces". Sin embargo, en un artículo aparecido en el "Guano Diggers" en "Household Worlds" 1853, el escritor esti­maba que había 250 millones de toneladas en las islas de Chincha y que tomaría 180 años para limpiarlas. El valor de los depósitos estaba estimado en 1,250 millones de Libras Es­terlinas...".

Testigos oculares pintaron un sombrío cuadro de la suerte que corrían los culíes emplea­dos en las islas de guano. Unos sesenta obreros chinos consi­guieron burlar la vigilancia de sus guardianes y se suicidaron sobre las rocas, "... dos docenas de azotes (a los chinos) los de­jaban sin respiración y cuando los soltaban, al cabo de treintainueve, después de dar unos pasos vacilantes, caían al suelo. Eran llevados al hospital y las más de las veces si se recuperaban, se suicidaban".

Uno de los empresarios de­dicados al tráfico de chinos fue Pedro Denegri, quien contrató a Giuseppe Garibaldi, durante su permanencia en el Perú, para iniciar el tráfico. El 5 de Octu­bre de 1851, a bordo del buque inglés "Bolivia", llegó Garibaldi al puerto del Callao (2) según testimonio ocular de Francisco Dabadie, profesor de idiomas residente en Lima (3).

El 10 de Octubre de 1851, Garibaldi y su amigo fraterno Carpaneto suscribieron un contrato con Pedro Denegri para efectuar un viaje a China. El 30 de Octubre de 1851 partió al puerto de Chincha el navío "Carmen" de 346 toneladas al mando de Garibaldi. El 9 de noviembre llegó al puerto de Pisco, a las 9 de la noche. El día 10 Garibaldi desembarcó para pagar el derecho de embarque de guano, llegando a la isla guanera de Chincha el día 11. Con el cargamento partió para el Callao el 21 de noviembre adonde llegó el 24 de noviembre de 1851 (5). El 10 de enero de 1852, con la carga completa, partió con destino a Cantón y Manila (6).

Garibaldi regresó de China con un cargamento de culíes para las haciendas, el 28 de enero de 1853 (7). Luego, Pedro Denegri contrató al italiano Luis Camagli para continuar el ne­gocio.

El gobierno peruano envió una comisión científica a las Islas Chincha para efectuar los planos y medir el guano que contenía. Dicha comisión estu­vo integrada por Antonio Raimondi, José Castañón, Fermín Asencios, Francisco Cañas, José Eboli y Manuel J. San Martin. Raimondi nos na­rra su viaje: "Visité en 1853 las afamadas Islas de Chincha formando parte de su comisión enviada por el Supremo Go­biemo, con el objeto de medir la cantidad de guano que existía. Ví con asombro ese inmenso depósito de amoníaco, de más de cuarenta metros de espesor que desgraciadamente ha concluído con poco provecho de Perú.

Pude en aquella ocasión convencerme con mis ojos, por los restos de las aves, y por los huevos transformados en gua­no, hallados de materia orgánica, es realmente formada de excrementos de aves marinas acumuladas lentamente duran­te muchísimos siglos y, por con­siguiente, que no tiene origen misterioso e hipotético que ha querido darle recientemente un viajero alemán..." (8)

La correspondencia entre Raimondi y Alejandro Arrigoni (9) es bastante elocuente para apreciar el trato inhumano que se les infligió a los chinos. Arrigoni escribió a Raimondi el 26 de febrero de 1853: "En las tardes les curo las espaldas abiertas por los látigos a estos pobres desdichados y al día si­guiente en la mañana vuelvo a curarle las mismas heridas abiertas nuevamente por el látigo...". "Los víveres que consu­mimos en el Hospital son bas­tante apreciables: galletas, car­ne salada, tocino,arroz, frijoles, harina, manteca, azúcar, cacao, ají y vinagre. Todo ésto, en los primeros días, era de buen sa­bor: pero al poco tiempo el to­cino y la carne salada empeza­ban a tener un sabor a rancia, las galletas se agusanaban y los frijoles se llenaban de gorgojos. La dieta diaria de los chinos era elemental: arroz y pescado".

Un testigo de la vida en las islas de Chincha fue Ricardo Palma, quien tenla 19 años de edad en ese entonces. Palma recibió su nombramiento de oficial 3º  del cuerpo político, el 7 de febrero de 1852, día de su cumpleaños, pero recién se embarcaría el 13 (16 en otros documentos) de marzo del año siguiente en la goleta "Libertad" de estación en las islas de Chin­cha (10). Ostentaba el cargo de contador que lo asumió a partir de octubre de 1853, en remplazo del oficial del mismo grado de nombre José Ezeta. Mientras Ezeta esperaba un nuevo des­tino, Palma tuvo que desempe­ñar otras tareas en el bergantín "Libertad" como el de coman­dante de la nave en algunas veces.

     El gobernador de las islas era el capitán de fragata Pedro José Carreño. Las Islas de Chincha eran tres y se las iden­tificaba como la del Norte, la del Centro y la del Sur. Situadas frente a Pisco, distaban de tierra aproximadamente dieciocho ki­lómetros. En los correspondien­tes derroteros, que sobre la costa del Perú escribieron Aurelio García y García en el siglo pa­sado y Rosendo Melo en los primeros años del presente, hay información muy apreciable sobre ellas. Una flotilla de botes, balandras y lanchas‑cis­ternas las surtía de agua que llevaban desde Paracas y los víveres se cargaban en Tambo de Mora.

La peonada, constituida por chinos traídos desde la colonia portuguesa de Macao (de allí el mote de "macacos"), realizaba su tarea de palear las deyec­ciones de las aves en condicio­nes infrahumanas desde las primeras luces del alba hasta el atardecer (11). El penetrante olor a amoníaco del guano era in­soportable, a lo que se unía el sol calcinante, el mal trato de los capataces peruanos y el ensañamiento inusitado de los caporales chinos (cuchillos de sus hermanos de raza) y la mala comida (12). Muchos culíes, para librarse de ese infierno, como ya lo dijimos, optaron por el sui­cidio. Las islas servían además como lugar de reclusión: "En el presidio establecido en la Isla Norte se encuentran más de doscientos rematados, gente inmoral de suyo y con la que es preciso ejercer la más activa vigilancia" ‑decía el coman­dante de las islas a la jefatura superior del departamento de marina del 7 de noviembre de 1853 (13). Las enfermedades comunes de todos los días, eran bronquitis, reumatismo y diarreas.

Todo eso, sin duda, fue visto por don Ricardo Palma, quien estuvo en las islas de Chincha hasta el mes de marzo de 1854, en que lo trasladaron a la Co­mandancia General de Marina en calidad de amanuense. Sin

embargo, de aquella época no quedó recuerdos en sus Tradi­ciones. ¿Por qué, ni aún con el correr de los años, no dijo algo al respecto?

Las protestas sobre el trato a los chinos empezaron a pre­ocupar en las relaciones inter­nacionales del Perú con China. En 1857 ocurrió un aconteci­miento que originó un conflicto diplomático. La barca nacional "Carmen" era capitaneada en marzo de 1857 por el italiano Luis Camagli, desplazaba 343 toneladas y era propiedad de Pedro Denegri, dueño también de la "Petronila" y de la "Santiago" y del bergatín‑goleta "Carolina", embarcaciones utilizadas para el tráfico de culíes al Perú. El 9 de ese mes naufragó en su tra­vesía de Suatao al Callao, con 260 chinos contratados para trabajar en las haciendas costeras, según el informe del cónsul en Hong Kong, Nicanor Tejerina, publicado en las pági­nas de "El Comercio", el 18 de julio de 1857.

La embarcación se fue al fondo del mar no a causa de vientos fuertes ni de temibles temporales sino por un voraz incendio provocado por un gru­po de culíes. Leamos cómo fue la tragedia: "El domingo 8 de marzo a la altura de la gran Natunas, de 7 a 8 de la noche, el intérprete advirtió al capitán que los culíes proyectaban una revuelta e intentaban tomar el buque (pero) fueron forzados a descender al entrepuente. A la mañana siguiente entre siete y ocho culés subieron a cubierta y permanecieron tranquilos hasta que la tripulación fue a almorzar. Algunos chinos fue­ron al lado de la proa y derra­maron una cantidad de paja encendida en la bodega, la cual cayó en las camas (colchones de paja). La tripulación se armó rápidamente y los chinos fueron forzados a bajar al entrepuente. El capitán procuró arrojar fuera de su bordo la pólvora del bu­que y entonces se contrajo a extinguir el fuego cerrando las escotillas; pero todo fue en vano: las llamas se apoderaron rápi­damente de todo el buque, per­mitiendo únicamente echar al agua dos botes. El capitán, oficiales de mar y tripulación, en total catorce, y siete pasaje­ros, habiendo podido recoger algunas armas, pero sin agua ni provisiones, abandonaron el buque". Luis Camagli, el capi­tán, al volver a la nave en uno de los botes, no para abrir las escotillas y liberar a los chinos, sino por algo que sirviese de velas, encontró la muerte al caerle los palos de unaj arcia y desapareció entrampado en su propio in­fierno. Con él sucumbieron tres chilenos, dos italianos, un griego y cuatro personas más. No era un caso aislado. Todos los ca­pitanes fueron siempre arbitra­rios, impusieron su propia ley y eso les ganó el odio de su carga humana. En el otro bote se salvaron el piloto, cuatro tripu­lantes y siete pasajeros, entre ellos los peruanos Atanasio Candamo, Manuel Rivera y To­más Collazos. Todos los chinos perecieron.


EL ACCIDENTE DEL "MARILUZ"

A pesar de las protestas el Gobierno continuó permitiendo la formación de empresas desti­nadas al tráfico de culíes al Perú. Los chinos llegados al Perú entre 1855 a 1874, año en que se suspendió temporalmente, fueron (14):

 

1855 ‑ 59                   2,964

1860‑ 64                    14,738

1865 ‑ 69                   21,639

1870 ‑ 74                   48,039

 

En mayo de 1872. partió del Callao el barco peruano "Mariluz" con destino a Macao, con el objeto de traer 255 culíes para las haciendas del Norte. Debido a una tormenta, la mencionada nave fletada por Emilio Althaus sufrió una grave avería el 10 de julio de 1872, teniendo que efectuar una escala obligada en Yokohama, en te­rritorio japonés. El trato para los culíes era inmisericorde, morían un tercio en el trayecto. Uno de ellos escapó y se refugió en una nave británica, en donde solicitó ayuda, protección y amparo. El Encargado de Nego­cios de la Gran Bretaña, por denuncia del comandante del barco inglés, gestionó ante las autoridades japonesas una in­vestigación para llegar a la ver­dad en cuanto a la grave de­nuncia del chino evadido. Se estableció que las condiciones eran insuficientes y atentatorías a la vida y en consecuencia se determinó que los culíes se en­contraban en libertad para abandonar el "Mariluz".

Nuestros asuntos en el Ja­pón estaban en manos de la Legión Norteamericana. Por este motivo, el Encargado de Nego­cios Estadounidenses comunicó los hechos al Gobierno Peruano. El presidente Manuel Pardo decidió enviar una Misión Di­plomática al mando del Coman­dante García y García. Este llegó con diez representantes a Yokohama y, el 3 de marzo de 1873, presentó en Edo (Tokio) sus credenciales al Emperador Meiji, llamado Ten Ho, el "Hijo del Cielo". A la presentación de las credenciales al Emperador se realizó un acto significativo en el puerto de Karuhue, donde por primera vez se izó la bande­ra peruana y se tocó el Himno Nacional en el Japón. Esta ce­remonia tuvo su similar el 19 de octubre en el Callao, donde también se izó la bandera japo­nesa y se dejó escuchar el Himno Imperial del Japón.

Las negociaciones se cen­tralizaron en dos puntos: la solución del problema del barco "Mariluz" y la firma de un tra­tado pennanente de paz, amis­tad, comercio, navegación y re­laciones diplomáticas con el Japón.

Para el "impasse" del barco, se firmó un protocolo que so­metía el mencionado problema al arbitraje del Zar de todas las Rusias, quien debía señalar si el Japón se excedió o no en la actitud adoptada. Las negociaciones tuvieron lugar en San Petersburgo. Nos representó el diplomático José Antonio Lavalle. Dos años después, en 1875, el Zar dio su fallo. Por razones humanitarias, el Japón había cumplido con liberar a los culíes. El Perú aceptó plena­mente el fallo.

El Comandante García y García terminó su misión con la firma de un Tratado de Paz, Amistad, Comercio y Navega­ción, que establecía represen­tantes diplomáticos en ambos países. En cuanto a las impor­taciones y exportaciones mu­tuas, se aplicaría la cláusula de la nación más favorecida. Ambas naciones se reconocían iguales derechos, privilegios e inmuni­dades y las ciudades y puertos estarían abiertos a los barcos de ambos países, facilitándose el intercambio comercial.



LA YAPA Y EL ENGANCHE

La suspensión del tráfico de culíes al Perú significó un gran problema para los hacendados. Cualquier hacendado tenía aún el trauma generado durante dé­cadas por la ausencia o escasez de mano de obra. Para evitar la crisis intentaron mejorar las condiciones de trabajo de los culíes. Primeramente, cuando los hacendados se dieron cuenta que muchos chinos cumplirían sus ocho años de trabajo crea­ron la "yapa".

La "yapa" era el tiempo aña­dido que, por lo general, era de seis meses, a los ocho años a los que estaban obligados los chi­nos. Se justificaba diciendo que durante los años que los culíes estuvieron en la hacienda pudo ocurrir que faltaron al trabajo algunos días por distintos mo­tivos y en consecuencia con la yapa cumplían a cabalidad sus ocho años. La mala imagen in­ternacional del Perú se incrementó cuando un hacen­dado norteño marcó con hierro candente a 48 inmigrantes chinos. El gobierno tuvo que decir que la denuncia era falsa.

       Se dispuso partidas especiales para publicar en Europa la venida de inmigrantes al Perú. Con esa finalidad el presidente Mariano Ignacio Prado, 1876-­1879, llevó a cabo el Plan de la "Sociedad de Inmigración Euro­pea" diseñado en 1872 por el presidente Manuel Pardo.

El Plan de Pardo tenía como finalidad incrementar la pro­ducción a través de la recupera­ción de tierras, en abandono o descuidadas, para el cultivo, así como nuevos proyectos de irrigación para aumentar áreas de cultivo, con energía de traba­jo importada. La Sociedad tuvo cinco comités y debía controlar la inmigración en las áreas de procedencia: a) Reino Unido: b) Francia, Bélgica, Suiza; c) Ale­mania, Austria, Holanda: d) Suecia, Noruega, Dinamarca; y e) Italia, España, Portugal.

La Sociedad de Inmigración asumía el costo del transporte en barco desde el puerto de origen hasta el Callao. Existía la libertad de trabajo que ellos deseaban. Si se presentaba di­ficultades, la Sociedad les debe­ría ayudar auxiliándolas a tra­vés de la Casa de Asilo durante ocho días. Los inmigrantes de­bían gozar de buena salud, re­putación y no superar la edad de 55 años. La Sociedad acogió cerca de 3,000 inmigrantes, la mayoría italianos hasta finales de 1875. El costo total de la operación para el Estado fue de 6'000,000 de soles.

Sin embargo, en la agricul­tura los hacendados prefirieron a los culíes y no dieron opor­tunidad a los inmigrantes euro­peos dado el gasto que deman­daba sus servicios.

A partir del tratado de Tienen Rsin, firmado en 1874, el Perú y China establecieron relacio­nes diplomáticas. Los hacenda­dos creyeron que el tráfico se reiniciaría rápidamente pero éste se volvió imposible. A fin de evitar su ruina, crearon una ficción jurídica, el "recontrato" o "enganche".

Aquel culí que lo deseaba podía volver a contratarse en las mismas condiciones que antes pero con una diferencia muy atractiva para los chinos: la cantidad de dinero que por el contrato recibieron antes los traficantes de semi‑esclavos asiáticos se les entregaba en proporción al tiempo de recontrata que habían aceptado. Esto permitió a los hacendados continuar tranquilos durante algunos años sin que renaciera el trauma de escasez de "bra­zos".

Al recontratarse un culí, el hacendado pagaba la octava parte de lo que había pagado por los ocho años del contrato inicial con el chino. El interme­diario desaparecía. Ese adelan­to significó aproximadamente un real por cada día del año. Ese "inmenso" monto de dinero ade­lantado posibilitaba salir de la hacienda a los trabajadores chinos una vez que llegaba el momento de su libertad, pues abría el camino para incursionar en otras actividades. En espe­cial, ingresaron en el pequeño comercio en los pueblitos próxi­mos a las haciendas costeñas.

La guerra del 79 al 83 des­truyó la economía nacional y las haciendas quedaron arruinadas.

FIN DE LA ESCLAVITUD

Preocupado el Gobierno Chino por la suerte de sus connacionales, decidió enviar una comisión para investigar con las autoridades peruanas la condición de los culíes. En 1887 se creó una comisión mixta compuesta por representantes del gobierno peruano y del impe­rio chino. La comisión visitó las haciendas de varios valles cos­teños. Estuvo presente en Cañete, Huaura, Supe, Pativilca, Ica, Pisco, Palpa, Nazca, Santia­go, Santa, Nepeña, Zaña, La Leche, Jequetepeque, Santa Catalina (Trujillo) y en dos ha­ciendas cajamarquinas, donde también trabajaban chinos. No pudo ingresar a la hacienda del valle Chicama, con excepción de Tulape, propiedad de la familia Larco, porque los dueños se opusieron.

La comisión comprobó que muchos chinos ya no estaban en condición de contratados o recontratados, pues había transcurrido mucho tiempo desde que concluyeron los pla­zos de trabajo.

Al no poder pagar los hacen­dados un mayor incremento de sueldo dejaron a los trabajadores chinos. Algunos hacendados tuvieron que dar lotes de terre­no a sus ex‑trabajadores por no poder pagarles o trataron de revivir la institución del "yanaconaje" con la población campesina de la sierra.

Luego de la Guerra del Pa­cífico, la situación fue diferente en la agricultura costeña, generándose una masiva migra­ción interna de campesinos de la sierra hacia la costa que ori­ginó un precio más cómodo para el hacendado. Por ello, el tra­bajador chino fue dejado de lado. A fines del siglo XIX, la presencia china en el campo era mínima. Su presencia en las ciudades es otra historia.

*Ex director del Museo Raimondi de Lima

 

NOTAS

1. Castro Mendoza, Mario. "La Marina Mercante de la República", Lima. 1980.

2.  El Comercio, Lima 5 de octubre de 1851. pág. 2: "Saludamos con placer al ilustre guerrero, sostenedor de

     la independencia de la República del Uruguay por la feliz llegada a esta capital".

3. Francisco Dabadie. "Episodios inéditos de la vida de Garibaldi" en la Revue Francaise, 10 de julio de    1859. pag. 509.

4. Garibaldi, Vittotio Emanuele, Cavour. Nel Fatti Della Patria ‑ Bologna ‑ Zanichelli. 1911. Facsímil del diploma signado con el número 10 pág. 24. Documento actualmente en poder del Museo del Risorgimento de la ciudad de Milán.

5.   El 6 de diciembre 1851. Garibaldi tuvo la famosa pelea con el francés Ledos. El Comercio. 10 de diciembre de 1851. pág. 3, col. 4.

6.  Durante el tiempo que navegó en el "Carmen" Garibaldi llevó un diario a bordo. Actualmente el diario se encuentra en el "Archivo de Estado de Palermo" (A.S.P.). Archivo 1, número 202.

7.   Garibaldi partió definitivamente del Perú el 31 de octubre de 1853.

8.  Antonio Ralmondi. El Perú. Mis primeros viajes. Parte preliminar, tomo I. capitulo I, 1874.

9.   El Dr. Alejandro Arrigoni, amigo de Raimondi, arribó al Perú en compañia de Raimondi el 28 de julio de 1850. Murió en Lima en 1895.

10. Libro copiador Nº 47, folio 636, Escalafón de Marina. Libro copiador Nº 693, folio 192, Goleta "Libertad" 1853, Documentos 38 y 40 del Museo Naval.

11. No sólo en las Islas de Chincha. También se les explo­taba en los depósitos de Pabellón de Pica y Punta Lobos, incluso cuando ya se protestaba por tanto abuso.

12.  ídem 10.

13.  Goleta "Libertad" 1853. Comandancia General de Marina.Documento Nº 8. folios 12 y 13.

14.  Humberto Rodriguez Pastor, "Hijos del Celeste Imperio en el Perú" (1850‑1900), p.26, 1989.


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