jueves, 23 de febrero de 2017

SACRIFICIOS A TRAVÉS DEL TIEMPO

                        
                               








                               Quizá la prueba más antigua de sacrificios humanos en el Perú es la que corresponde a Sechín (Casma), que data de hace tres mil años.
                               Tal como se observa en los diseños encontrados en este lugar, las víctimas se muestran decapitadas, seccionadas por la mitad, con intestinos que afloran y otros detalles que denotan un holocausto brutal.

                                En esta etapa, anterior al incario, corresponde a los inicios de la agricultura. Esta actividad se inicia en el cuarto milenio, pero recién hace tres mil años se implanta una agricultura superior desarrollada intensamente con todo lo que comprende irrigación, terrazas, domesticación de plantas, guano, etc.
                                Más tarde, en la época de los incas, los sacrificios eran menos horrorosos y sin rasgos de tortura, por una supuesta "humanización" de las civilizaciones, que convirtió los holocaustos en una ceremonia religiosa con tintes de festividad.
                               De alguna manera, la muerte era pacífica, según se deduce de los hallazgos donde las víctimas aparecen durmiendo, envueltas en fardos y acompañadas de ofrendas. En esta época también se empieza a elegir a infantes para el sacrificio, a quienes se les denominaba "capacochas".

                              Según los cronistas de la conquista, el proceso de evangelización entre los indios hizo que los sacerdotes, interesados en la conversión de los indios, se acercaran a esta realidad para extirpar las idolatrías, principalmente porque la práctica no se detuvo inmediatamente después de la llegada de los españoles, sino paulatinamente.
                             Precisamente para esta época ya se empiezan a desplazar los sacrificios humanos hacia los animales, como las llamas negras y otras especies.


                             En comparación con otras comunidades latinoamericanas, las diferencias se presentan en la forma de rito. Los mayas y los aztecas sacrificaban igual que los peruanos, pero llevaba a la víctima a la parte superior de una plataforma, donde el sacerdote era especialista en sacarle el corazón aún latiendo.

                             Allá tenían más problemas con la alimentación por la fuerte sequía que caracteriza a esta zona, en especial a la parte sur de Yucatán, por lo que el acercamiento a la divinidad era más notorio.
                             Paralelamente al sacrificio humano, que existió universalmente, también se presentó la antropofagia ritual para extraer y ganar del enemigo su fuerza, sus sesos y otras partes que el contendor necesitaba.
La siguiente imagen se muestra una escena de canibalismo ritual al lado de su dios.

                             Esta práctica aún se observa en algunas tribus amazónicas, en las selvas de Borneo, Oceanía, África, o hasta en la misma selva amazónica y el Caribe, donde algunas tribus han subsistido a estas formas ancestrales de antropofagia.

SUCUMBIENDO A LOS DESIGNIOS
                                "El sacrificio humano no era voluntario, pero tampoco era un acto sádico como lo podemos imaginar hoy en día. Estaba tan en lo profundo de la gente, que las familias ofrecían a los niños y se peleaban para que el suyo fuera elegido como capacocha (sacrificado)".
                                De esta manera explica el investigador Federico Kauffman Doig el sentido que le daba a este acto la población del incario, convirtiéndolo en una ceremonia de varios días que culminaba con la ejecución.
                               Según las crónicas, la "capacocha" no debía tener mancha, debía de tener el tipo de belleza que regía por entonces, que no se conoce con exactitud, responder a un prototipo de pureza que sólo alcanzaban personas muy jóvenes: por ello la elección de niños para este acto.
Momias de Llullaillaco (Argentina)

                              La ceremonia, según estudios de Kauffman, empieza con el recorrido de la delegación hasta la capital del Tahuantinsuyo, "De una provincia llegaba en andas la capacocha, acompañada con todo su séquito"
                             Ahí participaban en un acto de bendición, donde el Inca aprobaba el sacrificio para luego retornar en medio de una gran fiesta hasta su lugar de origen, donde era sacrificado y enterreda, para que implorase por la producción de los alimentos a través del agua y la tierra.

                          "Probablemente se embriagaba a la víctima hasta hacerla perder el conocimiento, para luego asfixiarla. En otros casos, era pateada, "pircada", y se le construía un pequeño recinto donde quedaba sepultada al tapiarse la entrada con piedras y barro".

                               Las joyas de plata u oro encontradas al pie de las víctimas, estarían asociadas a estos entierros de tipo sacrificio humano de niños. Se encuentran piezas pequeñas, de no más de 15 centímetros, como muñequitas rituales, donde imitan a una persona y la visten de manera similar a la víctima, con la lliclla (cobertor) atravesada por el tupo (especie de alfiler grande), de plata que junta las dos puntas.

                                Según Kauffman, da la impresión que además en este ritual se produciría un matrimonio casaban entre jovencitos y mujercitas, que estarían comprendido dentro del mismo ritual. El resultado sería una tierra bien alimentada que resulte atractiva al trueno, de manera que éste la pueda fecundar a través de la lluvia. Tal vez efectividad práctica no tenía, pero cumplía con las creencias de la época.



Artículo publicado en "El Comercio
Fecha: Lima, martes 31 de octubre de 1995 

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